Nuevas miradas sobre Ferrer i Guardia

 


Ser trabajador (y no digamos trabajadora) en 1909, era ser menos que nada.
No existía ningún derecho social establecido, ni a la salud, ni a la escuela, y mucho menos a la justicia. La justicia era el orden, y el Estado aparecía por los barrios proletarios para castigar y amedrentar. Para el desahucio, la leva, cuando no persiguiendo a un agitador. Los que habían sido carne de cañón como soldados en cubra, y ahora en Maruecos, sobrevivían como mendigos. Pero los grandes amos a los que servían, aquellos que además se beneficiaban del expolio colonial (un “totalitarismo” sin cuentos según Hannah Arendt, un detalle de su obra que los intelectuales domesticados descuidan), aún se atrevían a efectuar sus ceremonias con sus escapularios y estampitas. Amos como el marqués de comillas, grandes señores que habían aprendido a ceder parte de sus ganancias a una “beneficencia” gestionada por la Iglesia católica.
Señores que como el marqués de Comillas, el “pirata” Juan March o Francesc Cambó al que se le ha erigió un monumento en la Avinguda Pau Claris de Barcelona que de hecho, tenía que haber inaugurado un general Franco agradecido, amasaron cuantiosas fortunas, y sirvieron a sus majestades, a una monarquía que se sostenía en una casta militar tan desorbitada como carente de los valores más elementales. Y entre unos y otros la “gran canalla”, una Iglesia que no había levantado un dedo contra la esclavitud en las colonias, y que tenía como misión las escuelas, y que debía amansar a los pobres con las migajas de la caridad y con la sumisión…Contra todo estos se estaba construyendo un movimiento obrero, dos años después de la Semana Trágica se creaba la CNT, unos años más tarde CNT y UGT animaban la primera huelga general (agosto de 1917). Y también estaban los intelectuales algunos de los cuales como Unamuno tuvieron una relación episódica con el socialismo marxista o libertario…
Ninguno llegó tan lejos en su rechazo a este estado de cosas como Francecs Ferrer i Guardia (Alella, Barcelona, 1859-Barcelona, 1909), célebre fundador de la Escuela Moderna que, al ser fusilado por la reacción, se convierte, como dice la estatua que le dedicó el ayuntamiento socialista de Bruselas, en «un mártir de la causa de la libertad de conciencia». Verdadera «bete nôire» para la derecha, incluso para los liberales (uno de ellos, Jesús Pabón, escribe «el gran hombre era un nombre a media. Medio Landrú; a medias inteligente e ilustrado; educador a medias y a medias hombre de acción; a medias trabajador material, maestro sin título, y burgués adinerado» (Cambó, 1876-1918, Alpha, Barcelona, 1952, pp. 334-335).
Maldecido durante la época franquista por sus adictos, querido y respetado por el pueblo llano y sobre todo por los “trabajadores conscientes”, Ferrer fue objeto en los años siguientes de una nueva mirada y de una importante revalorización; en Barcelona se creó una Fundación con su nombre, nombre que contiene una tentativa educativa que, ante todo, expresaba la necesidad y la voluntad por parte de los trabajadores por acceder a una educación plena y libre. Surgido en el seno de la una familia campesina, Francecs era el séptimo en una prole de once hijos. Su primera experiencia escolar le causó una impresión imborrable, que le hará decir décadas más tarde: «Educar equivale a domar, adiestrar, domesticar (…) para hacer la bases de la Escuela Moderna no tengo más que tomar lo contrario de lo que viví en mi infancia». Más tarde conoció una experiencia más liberal y llegó a planear el acceso a estudios superiores a través de los jesuitas ya que no tenía otros medios posibles, pero se opuso su familia que tenía poderosas convicciones anticlericales.
Francecs emigró a Barcelona y en 1879 consiguió trabajar como revisor en una empresa ferroviaria, iniciando por esta época sus lecturas librepensadoras y libertarias, y haciéndose sospechoso al organizar una biblioteca ambulante entre los obreros de la compañía. En 1884 ingresó en la masonería. Exiliado a París con motivo de su participación en la intentona republicana del general-brigadier Villacampa. En 1864, dará clases de castellano, al tiempo que conoce y hace amistad con algunos destacados anarquistas como Malato y Grave. Rompe con el republicanismo y militará en el Partido Socialista francés en cuyo nombre tomará parte en el Congreso de Londres, en 1896, de la Internacional Socialista. Gracias al legado económico de su discípula Jeanne-Ernestine Meunier —sus biógrafos lo presentan como un hombre con una activa vida sentimental, aunque en este caso concreto, Ferrer aseguró siempre que se trataba de una relación estrictamente intelectual—, le permite regresar a Barcelona para instaurar la Escuela Moderna que, en pocos años, entre 1903 y 1906, consigue funcionar normalmente y convertirse una alternativa a la enseñanza vigente, tanto religiosa-oscurantista como a la liberal-burguesa. Influenciado por el sindicalismo revolucionario francés y por anarquistas españoles como Anselmo Lorenzo —que colabora estrechamente en el proyecto—, Ferrer destaca, no tanto como teórico ni siquiera como pedagogo inminente, sino como un militante que ha sido capaz de poner en pie una institución que consigue la admiración de los desposeídos y el odio visceral de la Iglesia y del Estado.
En sus clases, así como en su boletín pedagógico, así como en su editorial, Ferrer desarrolla una impecable labor de negación de los valores dominantes. En sus clases de historia y de aritmética, por citar un par de ejemplo, se enseña, en el primer caso, que la historia ha sido hecha por el pueblo y por el trabajo, en el segundo, se explica la economía capitalista y como explota a los trabajadores. Denuncia tanto la escuela religiosa como la burguesa, porque tanto una como otra son meros instrumentos de la clase dominante, y se plantea la necesidad de «demostrar a los niños que mientras un hombre dependa de otro hombre se cometerán abusos, habrá tiranía y esclavitud, estudiar las causas que mantienen la ignorancia popular, conocer el origen de todas las prácticas rutinarias que dan vida al actual régimen insolidario, fijar la reflexión de los alumnos sobre cuanto a la vista, se nos presenta, tal ha de ser el programa de la escuela racionalista».
Como la escuela tradicional en un instrumento de opresión y de transmisión de dogmas sociales reaccionarios, Ferrer quería que la suya fuese la «negación positiva de la escuela del pasado perpetuada en el presente. Para ello se apoya en, la ciencia vigente en aquel entonces» aunque sobrevalora sus posibilidades por que ve en el materialismo positivista una ruptura con la ciencia anterior y la considera libre de una determinación de clase. Su sistema pedagógico puede ser definido sobre la base de los siguientes elementos: laicismo, científismo, antiautoritarismo, antiestatismo, igualitarismo y: respeto a la personalidad del alumno. Convencido antimilitarista e internacionalista, Ferrer ha pasado, a pesar de sus limitaciones obvias, a la galería de los clásicos del socialismo en materia escolar.
Ya en 1906, Ferrer fue acusado de complicidad en el atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII, pero tuvo que, ser exculpado (ver en este punto la nota sobre Alban Rossell). Al salir, reanuda sus actividades, promueve la revista L´Ecole Renouvée y funda la Liga Internacional para la Educación de la Infancia, en la que colaboraron entre otros, G.B. Shaw, Berthelot y Gorki. Tras un par de años de actividad libre, su nombre pasa a ocupar las primeras páginas de los periódicos cuando es detenido, juzgado y condenado a muerte como «autor y jefe de la rebelión», o sea por los acontecimientos de la Semana Trágica, durante la cual, precisamente, la intervención de Ferrer estuvo carente de significado militante. Se trataba, a todas luces, de un pretexto que apuntaba en doble sentido: castigar a un «chivo expiatorio» (y Ferrer sustituía la ausencia de líderes reconocidos por la clase obrera} y de paso, liquidar una institución contestaría que preocupaba hondamente a la derecha.
Este asesinato, llevado a cabo por el gobierno Maura con el consentimiento del monarca y el entusiasmo de la Iglesia y del ejército, fue un revulsivo que unificó a grandes muchedumbres en toda Europa, en las dos América y hasta en el Japón. Ferrer que poseía un relativo prestigio, se vio catapultado a la celebridad y la corriente anarquista vivió numerosos intentos de reproducir su experiencia, al tiempo que lo convirtió en mártir emblemático a una altura que le ha permitido ser comparada con la de Galileo o de Miguel Servet, entre otras cosas porque simbolizaba el martirologio libertario en España. En aquel entonces, la Internacional Socialista desplegó una considerable actividad solidaria, en tanto que el anarquismo internacional lo hizo su principal referente en materia pedagógica.
Desde mediados los años setenta se fueron multiplicando las ediciones de sus escritos sobre La Escuela Moderna (la más asequible quizás fue la de la paradigmática editorial ZYX, Madrid), Tusquets-Acracia (Barcelona), ambas en 1976; y Júcar en 1977; La vida y la obra de Ferrer i Guardia, de su hija Sol Ferrer, la editó Tusquets-Acracia; Ferrer i Guardia y la pedagogía libertaria, de Jordi Monés y Pere Sola apareció en Icaria (Barcelona 1977), sin olvidar una incisiva película documental, ¡Viva la Escuela Moderna!, de Adolfo Dofour Andía, emitida por televisión…ahora nos está llegando un aluvión de nuevas aportaciones, algunas de las cuales ya mencionábamos en un artículo anterior. Entre ellas he podido repasar la de Julián Granado, De la humanidad y la polilla. Todas las caras de Ferrer i Guardia (anagrama, Barcelona, 2009, que me parece una buena novela que se acerca a Ferrer desde la rica biografía de su hija Sol, y que ofrece una lectura muy detallada y abierta de la personalidad de Ferrer así como de quien trató de mantener viva su memoria y su ejemplo en un mundo cambiante y convulso.
Hablamos de Sol Ferrer, pero quizás habría que hacerlo también de Joan Puig i Elías, que fue el máximo exponente de la escuela racionalista anarquista después de Ferrer i Guardia (Sallent, Barcelona, 1895-Porto Alegre, Brasil, 1972). Fue el director de la escuela "Natura" creada en 1918 en la barriada del Clot por el sindicato "La Constancia" del Arte Fabril y Textil, y durante la guerra pasó a presidir el Consejo de la Escuela Nueva Unificada (CENU) creada tras un decreto firmado por Companys en cuyo preámbulo se decía: "La voluntad revolucionaria del pueblo ha suprimido la escuela de tendencia confesional. Es la hora de una nueva escuela inspirada en los principios racionalista del trabajo y de la fraternidad humana". Presidente de la sección de maestros del Sindicato de Profesiones Liberales de la CNT, Puig i Elías fue también concejal del Ayuntamiento de Barcelona y miembro de su Comisión de Cultura. Su actitud un tanto egocéntrica y su beligerancia a favor del idioma catalán provocaron agrias críticas en determinados sectores del anarcosindicalismo. Cuando Segundo Blanco ocupó la cartera de Instrucción pública, Puig i Elías fue nombrado subsecretario de dicho ministerio. Ya en el exilio fue designado en 1945 secretario del CN del Movimiento Libertario Español. Los últimos años de su vida transcurrieron en Sudamérica, y falleció en Porto Alegre, Brasil. En 1970 publicó su única obra: El hombre, el medio, la sociedad.

Pd. El pasado miércoles (29-07-09), la señora Rahola lanzaba desde su plataforma en el diario del conde Godó “La Vanguardia sus rayos y truenos contra los que habían conmemorado el centenario de la Semana Trágica con una serie de pintadas en la que se repetía que “La única Iglesia que ilumina es la Iglesia que arde”. Parece obvio que el gesto y el infortunado “slogan” le ha recordado sus cuentas pendientes con la izquierda extramuros, y la novia de Sharon despliega su dimensión insultante contra “la empanada mental de estos revolucionarios de bolsillo”. Luego, en una de sus cabriolas intelectuales, la periodista neoliberal habla en nombre de Ferrer al que trata de “gran pedagogo” para efectuar una descripción de los hechos en los lo único hermoso es la correspondencia entre Unamuno y Maragall…
No voy a entrar en el extraño detalle de la fobia que el primero mantuvo hacia Ferrer i Guardia, en cuanto al segundo, en una de sus cartas proclama que nunca una Iglesia le pareció tan digna y auténtica como después de ser quemada. Le recordaba aquella otra Iglesia que ganó el fervor de los esclavos, y que vivía en una cierta comunión de bienes y personas. No era esto lo que había antes…La quema de Iglesias fue un desastre, pero sobre todo porque desvió la ira proletaria hacia los cómplices, y no hacía los responsables, en primer lugar la monarquía. La señora Rahola no dedica ni media línea a hablar del abismo social, del horror de la guerra colonial (sobre todo para todo los “islamistas” masacrados y convertidos en “cafres” que no merecían sino odio). Ni media línea sobre la clase trabajadora, y su situación esclavizada. El problema son pues las pintadas que, hay que decirlo, vuelven a caer en lo mismo: apuntan mal.
No sé si habrían pintado las fachas de iglesias como la del Pi o la de Sant Medir, que como muchas otras, sirvieron en su día como “catacumbas” para la lucha clandestina contra el franquismo, y todavía en fechas recientes, sirvieron de “santuario” para los emigrantes que luchaban por ser reconocidos como personas de pleno derecho.


Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red

 

La revolución de 1909 en Barcelona y el asesinato del pedagogo Francisco Ferrer.

 


Un nombre otorgado por la burguesía catalana, ya que la clase trabajadora la bautizó como “la revolución de julio”, o como “Semana Gloriosa”.
Para Diego Camacho, anarquista, que en algún lugar contempla la celebración de este centenario con su cigarrito en los labios, porque como solía afirmar: “La única iglesia que ilumina es la que quema”.

La ciudad en llamas. Barcelona, julio de 1909

La revuelta empezó a partir de una acción antimilitarista y pacifista para transformarse en una huelga general. Fue convocada para impedir el embarque de los soldados reservistas (los que ya habían hecho el servicio militar y que tenían experiencia y familia) a Marruecos desde el puerto de Barcelona. La protesta derivó en la quema de la mayoría de escuelas y edificios religiosos de la ciudad, odiados por la clase trabajadora.
El balance de la semana fue de más de un centenar de edificios quemados, la gran mayoría de ellos religiosos: conventos, iglesias o escuelas anexas.
El testimonio fotográfico de “La Actualidad” no dejó lugar a dudas sobre la magnitud de la revuelta urbana: 33 conventos quemados, 33 escuelas religiosas de ambos sexos –separados, lógicamente-, y 20 iglesias reducidas a cenizas. Nadie se explica aún como en practicamente 4 días ardieron simultaneamente, en ocasiones, más de una cinquentena de edificios en barrios muy alejados, es decir, que había, probablemente unos cuarenta grupos organizados de ciudadanos que prendían fuego, en sus respectivos barrios, a aquello que era el símbolo más patente del atraso intelectual del país y del poder temporal, aquellos que habían prohibido la difusión de las ideas de Darwin en la Universidad, y que denunciaban sistemáticamente las publicaciones anarquistas como ataque al dogma, o como pornografía en el caso de las publicaciones neomalthusianas, o de divulgación sexual.
Tomaron parte en los hechos, según informes de la época, más de 30.000 personas, personajes anónimos de la clase media y obrera barcelonesa, obreros vidrieros, ladrilleros, jornaleros y obreras textiles, maestros laicos, empleados de talleres metalúrgicos, pescadores, estribadores, y un largo etcétera. Se enfrentaron a unos 700 guardias civiles y fuerzas del ejército que paulatinamente fueron engrosando su número hasta acabar con la revuelta. Una revolución en toda regla, en la que no hubo pillaje ni robo de las propiedades de la iglesia, al contrario de lo que afirma la historia revisionista de siempre, que ahora empieza, como siempre, a dar su enésima versión de los hechos. Según los periodistas que realizaron las primeras valoraciones de lo acaecido, en todos los conventos e iglesias la multitud lanzó al fuego todo aquello que encontró, incluso joyas o acciones de bolsa, dinero, lienzos o retablos. La idea de quemar la superstición y el oscurantismo abrazó todo lo que los edificios contenían. Por el contrario, y a diferencia de la revolución y quema de iglesias de 1835, se respetó la vida de los frailes, curas y monjas que huyeron despavoridos por tapias y terrazas hacia los patios vecinos donde con mayor o menor fortuna fueron escondidos –o no- por los vecinos. Su salida, vestidos de seglar, pasó por toda una serie de vericuetos que también fueron después narrados por la prensa.
La revuelta que además afectó a más de 50 poblaciones de toda Cataluña y que en el caso concreto de Granollers y Sabadell tomó el aspecto de proclamación revolucionaria con la toma de los edificios consistoriales y la proclamación de juntas y asambleas vecinales. En la mayoria de poblaciones (Badalona, San Adrià, Mataró, Manresa, Igualada, Olesa, Arenys, Palamós, Cassà de la Selva, Anglés, Reus, Valls, Vendrell, etc.) se quemaron las casetas de consumo, los registros de propiedad y se desarmó el somaten (fuerza ciudadana para-policial), en casi todas se cortaron las vías férreas –para impedir el paso de refuerzos hacia Barcelona, o para impedir el paso de los trenes con soldados hacia el puerto- y también se volaron el telégrafo y las comunicaciones. A partir de aquí, en todos estos municipios se declaró la huelga general.
El foco de la indignación se centró en Barcelona. La ciudad industrial y cosmopolita, escenario de la burguesía modernista y emprendedora, era también escenario de la miseria obrera. Desde sociedades de apoyo mutuo, incipientes cooperativas de producción o consumo, y reorganizaciones sindicales clandestinas tras la cruenta represión de las condenas de Montjuich de 1896, la clase obrera avanzaba con dificultad hacía la autoorganización sindical que en aquellas semanas se fraguaba al entorno de Solidaridad Obrera. En ella un conjunto de sociedades sindicalistas revolucionarias -en número de 67 en Cataluña y 53 en Barcelona- se habían constituido autónomamente y gracias a una aportación económica del pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia habían podido adquirir un inmueble en el que poder reunirse y realizar la propaganda. Un inmueble en el que se gestarían buena parte de las iniciativas de aquella semana, pero a las que Ferrer casi permaneció completamente ajeno, ya que se encontraba fuera de la ciudad. Se calcula que pertenecían a Solidaridad Obrera unos 10.600 obreros barceloneses de los 200.000, esto según estimaciones de Rovira i Virgili. El revolucionario José Prat estimaba que unos 15.000 afiliados eran los inscritos en la sociedad que tenia en la huelga general y la acción directa eran sus armas más poderosas. Sus reivindicaciones eran la jornada de 8 horas y mejores condiciones económicas, pero también mejoras que hacían referencia a su calidad de vida: educación, asociaciones culturales, asistencia médica, etc.
Paralelamente, el librepensamiento había hecho su aparición en Europa, y tímidamente se abría camino en España. La masonería, unida a las campañas de laicidad y al republicanismo hacía su irrupción en los barrios obreros. Todos ellos (anarquistas, federalistas, masones, socialistas y republicanos) participaron en las campañas a favor de los cementerios civiles, por la inscripción de los recién nacidos y los matrimonios en el registro civil sin dar cuenta a la iglesia que ostentaba el monopolio de la educación y la vida moral española.
Las obreras no eran ajenas a todo este movimiento sociocultural. Muchas de ellas militaban activamente en la mayoría de las sociedades obreras y aparecen ya en la prensa obrera. La mayoría de las más activas ejercía de maestras laicas y se mostraron valientemente a favor de la coeducación y de la difusión del racionalismo científico. Sin duda, es dentro de las filas del librepensamiento y del anarquismo donde las mujeres encontraron su lugar donde actuar a nivel político, escribir, hablar y relacionarse. Es decir, un espacio ciudadano en el que actuar y visibilizarse. Y en este lugar darán muestras de su autoridad intelectual Teresa Mañé, Teresa Claramunt, Àngeles López de Ayala, Amalia Domingo Soler, Belén Sàrraga y muchas más que se convertirán en referente y modelo de sus compañeras.
Los huelguistas catalanes pretendían que el resto de la península los imitaran y lograr así que la revolución se generalizara, pero los refuerzos no llegaron, al contrario. Las ideas de los revolucionarios no se escucharon, ya que el gobierno se aprestó a explicar que en Barcelona estaba teniendo lugar una revuelta separatista.

Las muchas causas del incendio de las iglesias

Varias son las posibles causas del desencadenamiento de la huelga general y de la quema de los conventos.
La crispación ciudadana de las clases trabajadoras es sin duda una de las principales. Desde mediados del siglo XIX las calles de Barcelona eran periódico escenario de huelgas y barricadas. Incluso en 1835 ya se había efectuado una violenta quema de conventos que conllevó varias víctimas mortales. Bullangas y revueltas obreras jalonaron los años de 1840-50 para desembocar en las bombas y petardos anarquistas del fin de siglo. Algunos eran reales, otros meras provocaciones policiales, como el oscuro caso protagonizado por el confidente Juan Rull y sus familiares que conmocionó los medios obreros, ya que periódicamente se efectuaban detenciones indiscriminadas. La célebre bomba lanzada en 1896 durante la procesión religiosa de Corpus puso en marcha un descomunal aparato represivo que encerró en el castillo de Montjuic a muchos inocentes. La huelga de las sociedades metalúrgicas de 1902 duró una semana entera y tal fue la represión que el pintor Ramón Casas la retrató su lienzo: La carga.
La clase obrera demandaba constantemente una mejor educación. Sólo a partir de una mejor instrucción podrían elevar su nivel cultural y optar por mejores trabajos y salarios. Pero la educación escolar estaba desde 1851 condicionada por el concordato entre España y el Vaticano, y la iglesia ostentaba prácticamente el monopolio de la educación en España, en unos años en que no había leyes que regularan la edad mínima para entrar a trabajar y donde niños y niñas frecuentaban fábricas y talleres por salarios de miseria.
De nada valió el intento de la Ley Moyano (1857) para que los ayuntamientos se hicieran cargo de la educación. En ciudades como Barcelona, con una alta afluencia periódica de emigración y con escasos recursos, nada impulsaba a la oligarquía burguesa a instruir a sus ciudadanos.
Y la instrucción quedó así en manos de la misma clase trabajadora que intentará por todos los medios de autoeducarse o de formar escuelas para sus hijos. Desde los años de la Internacional, la educación será una demanda generalizada de todo el proletariado mundial. Después de numerosos y dispersos intentos, Ferrer y Guardia impulsará un modelo educativo moderno, laico y coeducador. De hecho había observado experiencias similares en Francia, como la escuela de Cempuis de Sébastien Faure y Paul Robin. De ellos tomará las ideas del contacto del niño con la naturaleza, y del trabajo cooperativo.
Además Ferrer, que cuenta con una buena fortuna personal, a partir de una herencia, formará maestros y impulsará una editorial que publicará una coherente línea editorial de carácter racionalista y progresista. En 1901 aparece su “Boletín de la Escuela Moderna”, en 1906 ya se contabilizan más de mil alumnos en 34 centros educativos coordinados por Ferrer. Aquel mismo año la escuela fue clausurada, ya que Ferrer es acusado de complicidad con Mateo Morral.
La iniciativa anarquista no era la única en una ciudad convulsa, en 1907, el regidor catalanista Francesc Layret propuso invertir parte de un excedente económico del consistorio barcelonés en la creación de cuatro escuelas laicas y coeducadoras para niños obreros. A la expectación y contento inicial, siguió la indignación obrera, ya que el cardenal Salvador Cassañas emprendió una intensa campaña de propaganda y escribió dos circulares en contra de las escuelas y de su manifiesta “laicidad” y “bisexualidad”. No se volvió a hablar del tema, pero los republicanos se sintieron muy defraudados por los ataques de la iglesia.
Por último cabria citar a los miembros del republicano partido radical fundado por Alejandro Lerroux. Formado no sólo por proletarios, sino por miembros de las clases medias o pequeña burguesía, que en absoluto aspiraban a la revolución social como los anarquistas o sindicalistas revolucionarios, pero si querían un estado republicano, sin monarquía y fundamentado sobre las bases de la laicidad y el sufragio universal. Según testimonios policiales numerosos miembros de base se encontraban entre los huelguistas y los activistas de los diferentes barrios barceloneses. También estuvieron en las calles sus dirigentes: Sol y Ortega, los hermanos Ulled, Juan Colominas Maseras, Rafael Guerra del Río y varios más. Sólo el diputado Francisco Giner de los Ríos, se quedó en casa y estuvo presente en una reunión consistorial. Es evidente que en el curso que tomaron los acontecimientos, hubo una clara disyuntiva entre las bases del partido y sus dirigentes que hábilmente optaron por la vía pactista con los miembros de la Lliga, es decir la derecha. Incluso en el asunto de la condena a Ferrer, los dirigentes del Partido Radical tuvieron una actuación que avergonzó a sus militantes de base.

La lucha por el espacio urbano y la quema de conventos

Por primera vez las fotografías de prensa retrataron a los anónimos que poblaban las calles. Cada vez más los periódicos insertaban en sus páginas reportajes fotográficos. Y así, rostros de obreros, mujeres y muchachos compartían protagonismo tras las barricadas improvisadas con railes de tranvías, barriles de madera, somieres de cama y adoquines en los barrios de la ciudad.
Las fotografías mostraban también las entrañas chamuscadas de los edificios religiosos convertidos en ruinas. Hogueras improvisadas en grandes naves góticas quemaban sillas, puertas, reclinatorios, cortinajes, campanas y todo lo que recordaba siglos de oscurantismo. Pero hay algo que impresiona en el desencadenamiento de los hechos en esta semana: la imperturbabilidad de la clase burguesa ante las quemas, y también la del mismo ejército que contemplaba impasible las llamas que tampoco eran sofocadas por los bomberos. La burguesía parecía mirar hacia otro lado, como relatan los testimonios de los hechos. Algunos se encerraron en sus casas, pero otros asistían al espectáculo desde terrazas y balcones. De hecho quizá preferían ver arder conventos que ver como se dirigía la rabia ciudadana hacia sus propias fábricas o propiedades.
Una especie de desamortización popular atacaba las escuelas y edificios religiosos. La masa atacó también los odiados cementerios de los conventos que permanecían en los patios de las casas de vecinos barcelonesas, atentando a la higiene y a las emergentes normas de salubridad. Y en los cementerios y criptas, el pueblo extrajo las momias de sus tumbas y las paseó en una escena buñuelesca por toda la ciudad. Desde los conventos hasta las Ramblas, de ahí hasta la alcaldía de la plaza de San Jaime, y de ahí, al palacio del marqués de Comillas, propietario de las minas africanas que los reservistas debían defender. En cada encuentro con la fuerza pública, los portadores de los ataúdes y las momias dejaban su carga, para reemprender la marcha después de los encontronazos, entre música callejera y chirigotas. Un muchacho deficiente mental fue acusado de haber bailado con una momia lo que le valió la sentencia a muerte.
En las calles de Barcelona se enfrentaban dos formas de entender las cosas, por una parte el mundo antiguo, la iglesia, el clasismo educativo, el viejo estado de cosas, aquello que los progresistas bautizaban como “la superstición”, y del otro lado de la barricada, la idea anarquista, el librepensamiento, la emergencia de las mujeres y su autonomía, la laicidad, la razón, y también el darwinismo.
La represión no se haría esperar, una represión azuzada por la derecha catalanista que en su periodico La Veu de Catalunya lanzó una siniestra campaña: ¡Delatad!, es decir: denunciar a vecinos, vecinas, maestros u obreros. Una campaña que pedía a voces cabezas de turco para desviar la atención de aquello que realmente importaba: la desatención y el abandono de la clase trabajadora que no tenía garantías jurídicas, económicas, sanitarias o sociales. Desviar la vista de aquellos que en su desesperación quemaron edificios, monumentos a la desigualdad, y no dirigieron su mirada hacia el patrón, el burgués que hacía del modernismo y el lujo su forma de vida. Cabezas de turco que como la de Ferrer eran molestas: anarquista, activo, subvencionador de periódicos como La Huelga General, o sociedades obreras, amigo de Mateo Morral, de Malato, de los Montseny, de los neomalthusianos y un hombre con una libertad moral e intelectual que hacía que palidecieran de envidia los timoratos y los puritanos, incluso los que profesaban sus mismas ideas. Ferrer era la víctima perfecta.
Fueron clausuradas más de 122 escuelas laicas, solo en Barcelona. La mayoría de sus profesores fueron detenidos o deportados a Alcañiz, como el caso de los profesores amigos y familiares de Ferrer. Otros eligieron el camino del exilio.
También fueron detenidos líderes obreros, mujeres proletarias, soldados y guardias civiles que desertaron por su republicanismo, damas burguesas antimilitaristas que llamaron a la huelga general y un extraño conglomerado ciudadano de personajes diversos que vieron en la revuelta urbana la posibilidad de canalizar sus aspiraciones. Con motivo de la Semana Trágica, la derecha catalana volvió a la carga, en concreto los hombres de la poderosa Lliga, con Verdaguer y Callís a la cabeza que testificó contra el pedagogo. Un juicio militar sumarísimo y sin garantías decidió su futuro. Ferrer y Guardia fue ejecutado en los fosos del castillo de Montjuïc el 13 octubre de 1909. Un clamor internacional condenó su ejecución.
Y Solidaridad Obrera, a pesar de la represión, o a consequencia de ella, siguió adelante, organizando campañas para liberar a los presos, o participando en los populosos entierros de los ajusticiados (fotografiados por la prensa), en los actos de protesta contra la condena de Ferrer, y volviendo a organizar clandestinamente los sindicatos obreros, sus editoriales y sus escuelas, hasta volver a representar una amenaza tan importante que pocos años después, en 1919 conseguirian la jornada de 8 horas.
La historia forma parte del presente, en un bucle perverso, ya que hace cien años de aquel julio en Barcelona, y cuestiones como la libertad en la enseñanza, la coeducación, el creacionismo y el racionalismo, la impertinencia con que la iglesia interfiere en la vida privada de todos nosotros, la poca laicidad en la vida pública, y el deseo de que la enseñanza forme parte del patrimonio de la crítica y la reflexión, no como mera instrucción o adiestramiento, son aún motivos candentes de nuestra vida diaria.

* Artículo elaborado por Dolors Marín para el periódico cnt de julio.

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