ALGUNAS BREVES CONSIDERACIONES SOBRE LAS TAREAS FUNDAMENTALES DE LA ÉPOCA

Como acertadamente se dice, en cada momento histórico la peor batalla es aquella que no nos atrevemos a enfrentar.  Pero si bien la decisión política es la clave, al mismo tiempo hay que definir cuál es el frente fundamental donde se jugará el triunfo o la derrota.

Dadas las circunstancias actuales, creo que en el conjunto de las actividades a desarrollar  hay un par de tareas centrales, prioritarias: la construcción de una organización revolucionaria y la unidad para la edificación de un nuevo tipo de poder obrero y popular, a fin de concretar las transformaciones de fondo que nuestro país necesita.

Estas tareas, estrechamente entrelazadas, conforman el eslabón principal que permite impulsar hacia adelante toda la cadena de acontecimientos.   A la vez, esta definición política permite deslindar los campos con el dogmatismo esquematizante y con el oportunismo reformista, que por el contrario busca mantener siempre el status quo vigente.

Sobre la organización revolucionaria, sus métodos y su trabajo por la unidad

En mi opinión hay que partir del principio leninista que considera que toda organización revolucionaria nace y se desarrolla no en un laboratorio sino en la lucha; por lo tanto, no hay vanguardias autoproclamadas, ni revolucionarios autoproclamados, puesto que todo espacio político se gana en el seno de las batallas de clases, con claridad y firmeza de ideas y un inquebrantable espíritu combativo. Al respecto, conviene también recordar que el Che, un rebelde antidogmático por excelencia, tuvo una permanente preocupación no sólo por los aspectos organizativos, sino y especialmente por la educación de los militantes y las masas populares, cuestión que sintetizó en una fórmula sencilla:

Revolución  amplia participación popular  educación  mayor conciencia  y participación efectiva.

Esta concepción también estaba contenida en su conocida frase: “La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela”.  Se trata nada menos que del desarrollo del Hombre Nuevo, adjudicándole un papel decisivo al crecimiento de la conciencia de clase.

Si es que queremos marchar seriamente hacia una nueva sociedad, estos preceptos deben aplicarse desde ya en la construcción de una auténtica organización revolucionaria, que desde un comienzo hay que transformarla en una gran escuela ideológico-política marxista leninista, con criterio humanista (el ser humano centro y objetivo de todas nuestras preocupaciones), enlazada por supuesto a la práctica viva de las luchas populares, en el convencimiento de que, sin soberbia, se enseña aprendiendo, en un ida y vuelta permanente.

Se expresa así la unidad e interrelación dialéctica entre la teoría y la práctica y la necesidad de ganar la batalla ideológico cultural, premisa básica para triunfar en el conflicto social. Asimismo, se puede y se debe analizar la trayectoria de la izquierda en la Argentina, pero sin caer en el extremo de convertir la crítica de sus errores en un constante harakiri colectivo, sino también en una valiosa fuente de aprendizaje, por cierto a partir del reconocimiento sincero de las equivocaciones cometidas y esforzándose por superarlas.

Además, esta es la forma efectiva de asegurar que cada militante tenga una real participación no sólo en la realización de tareas prácticas (“practicismo” y el “luchismo”), sino también y especialmente en los debates y en la toma de decisiones políticas, aproximándose así a una verdadera democracia interna, dejando atrás una concepción verticalcita propia de la cultura burguesa (los de arriba piensan, los de abajo hacen).  En una palabra, como lo soñara Marx, se trata de que el Hombre sea el actor conciente de la historia, sino aquello de que el socialismo es obra de los pueblos, y no de un grupo mesiánico de “iluminados”, puede quedar sólo en una frase formal.

Por otra parte la misión histórica hoy y aquí de una organización revolucionaria consiste en ir superando el importante distanciamiento que existe entre una favorable situación objetiva y el atraso del factor subjetivo, de conciencia y organización.

Para ello será necesario denunciar mucho más ampliamente y enfrentar de todas las formas posibles, incluso en una dimensión latinoamericana, las estrategias político-militares de EE.UU.. y sus aliados locales, que resumidamente se dan en esta etapa los siguientes objetivos:

En el plano económico: mantenimiento y profundización del “modelo” neoliberal capitalista, aunque con un mayor sesgo exportador, cuyos pilares esenciales son: seguir fijando un dólar alto, salarios bajos y fuerte superávit fiscal para garantizar el pago de la deuda externa, sin preocupación seria por la deuda interna.

En el plano político: dar continuidad a e este proceso  por medio de una táctica de impulsar gobiernos “progresistas”, centristas, a fin de descomprimir y desviar las luchas populares en alza ante los efectos devastadores del huracán neoliberal.  Es decir, gobiernos de derecha con lenguaje de izquierda, incluso utilizando intelectuales y revolucionarios de los 60 y los 70, arrepentidos y domesticados, fieles predicadores del “posibilismo” y de la “teoría del mal menor”

En esta cuestión, tener presente que la llamada “tercera vía” o la “centroizquierda” vienen a consolidar la nefasta revolución neoliberal, no a combatirla.  La nueva táctica, o los “golpes blandos” como algunos investigadores los denominan, está lamentablemente recorriendo buena parte de América Latina, de la mano de los Kirchner, los Lula, los Lagos o Bachelet, los Tabaré Vazquez, y también Evo Morales, si es que el pueblo boliviano no reacciona a tiempo.  No caer en falsos dilemas, pues todos ellos juegan el mismo juego: salvaguardar al sistema.

En el plano militar: custodiar la integridad institucional y política de las FFAA y confirmar la reformulación de su rol como guardianes de estas falsas democracias, o “democracias dependientes”.  Esto no es obstáculo para que si la gravedad de los acontecimientos lo exigen, volver a los “golpes duros”.

Claro que otra importante y preocupante característica de la actual etapa es la aún debilidad de las fuerza populares para construir una alternativa real, político-organizativa, al proyecto imperialista.

Por lo tanto, el desafío y la labor central es trabajar por la unidad en la diversidad de las fuerzas populares, por un fuerte bloque obrero y popular, en base a un programa acordado en común, luchando en todos los frentes y de abajo a arriba por la construcción de esta nueva hegemonía que supone la creación desde el vamos de un autogobierno de las masas, evitando caer en verticalismos autoritarios de cúpulas burocratizadas.  No se trata de actitudes “basistas” u “horizontalistas”, sino de la concepción de que el camino –y el necesario cambio de mentalidad- es ir pasando desde el comienzo de una democracia burguesa a una democracia proletaria, plenamente participativa, cuyo ejemplo son las asambleas obreras en cada empresa y quizás la revitalización de las asambleas barriales, o todo tipo de multisectoriales o coordinadoras que se formen incluso en el movimiento estudiantil, agrario, etc.

En este sentido es un hecho a destacar el que se haya conformado el Movimiento Intersindical Clasista, al cual pienso que debemos dar todo nuestro apoyo.  Tener presente también que en un país como el nuestro, con altos porcentajes de desocupación, se hace impresc indible la unidad de los trabajadores ocupados y desocupados.

En realidad, me estoy refiriendo a ir creando los órganos de un nuevo poder, cuestión que trataré más adelante, puesto que no hay terceras posiciones.  La opción es la perspectiva  revolucionaria de liberación nacional y social, que en el continente representan hoy Cuba y de alguna manera el rumbo tomado por Venezuela, o convertirse en “operadores progres” de la dependencia neocolonial.  En definitiva, no hay liberación nacional sin liberación social, es decir, no dentro sino rompiendo con el sistema capitalista y avanzando hacia una nueva sociedad, socialista.

En el marco de esta realidad tan compleja y difícil, la construcción de una organización revolucionaria entraña en primer lugar una mentalidad firme y creadora, apoyada en una constante capacitación y análisis profundo de nuestras particularidades nacionales, que es todo lo opuesto a copiar recetas y fórmulas dogmatizadas, como han hecho todas las organizaciones de izquierda, ya sean de tendencia estalinista, trotskista, maoísta, e incluso la izquierda peronista.  Fue una especie de transversalidad dogmática que corresponde a toda una etapa oscura del pensamiento socialista, con abandono del marxismo y su metodología dialéctico-materialista, que interrumpió la maravillosa luminosidad de la “herejía” de la revolución cubana, sintetizada en la obra teórica del Che, a la que hay que recurrir constantemente.

Estrechamente metida en las luchas de nuestro pueblo, esta organización no puede convertirse en una secta cerrada que imponga catecismos elaborados en otros tiempos y realidades (URSS, China, Cuba, Vietnam, etc.) dándole la espalda a la creación popular y a la historia de sus luchas.  De modo tal que

esto obliga a conocer más la historia de nuestro país, de la cual sabemos

 poco y en una visión deformada por la historiografía liberal.

 

Tendrá que superar también la pesada herencia de las concepciones organizativas de la mencionada actitud mecanicista y dogmática, que abandonando el pensamiento dialéctico, divide aspectos que siempre funcionan ínter vinculados, como por ejemplo teoría  y práctica, democracia y centralismo, dirección y base, lo general y lo particular, la parte y el todo, etc.

En lo que se refiere a combatir las prácticas burocráticas y autoritarias conviene tener constantemente en cuenta que un proceso democrático y participativo presupone por lo menos atravesar ciertos momentos claves antes de tomar decisiones políticas:

·      Analizar y expresar las circunstancias económico, político y sociales, con la mayor profundidad y exactitud posibles, mediante el método dialéctico materialista y un enfoque de clase.

·      Mayor participación colectiva y democrática, impulsando un amplio debate de ideas a todo nivel, pero comenzando desde la base, desde la imprescindible organización básica, previo a cualquier toma de decisiones y con respeto a todas las posiciones esgrimidas.  Considerar que esta es la única manera de lograr una disciplina partidaria no militar, sino conciente.

·      Por último, un riguroso e infaltable balance crítico y autocrítico, que permita un sano y auténtico desarrollo de una organización que pretende ser revolucionaria.

La homogeneidad política e ideológica de este tipo de estructura es un valor importante, pero a condición de que se logre en un clima de plena libertad, de debate democrático en el conjunto de la organización y de tolerancia a la diversidad de opiniones, sin censura o condicionamientos.  No al acuerdo de cúpulas, luego impuesto de alguna manera a las bases, conformando lo que se da en llamar “militantes robots”.  Estoy refiriéndome directamente al reemplazo liso y llano que se hace del centralismo democrático por un centralismo burocrático, de élites políticas y dirigentes personalistas que lo digitan todo.

No dejar de tener en cuenta tampoco que la gente común conoce más a un partido por la conducta y actitudes de sus militantes que por sus publicaciones o documentos.  Es que primero se llega por los afectos.  Si no te estiman no te escuchan, o sólo lo hacen formalmente.

En general se puede afirmar que les atrae, ante todo, su espíritu de lucha, su humanismo, sus firmes convicciones junto a la flexibilidad y comprensión frente a las distintas opiniones.  Son a la vez rechazadas las actitudes soberbias y paternalistas, con total falta de humildad, que caen en el esquematismo y la dureza extrema.  El respeto, como la verdadera autoridad, se ganan no se imponen como por decreto

Sobre la identidad político ideológica

Muy sucintamente quiero señalar que la identidad político - ideológica de una organización revolucionaria no consiste únicamente en principios teóricos generales, abstractos, sino también históricos concretos (unidad de lo general y lo particular), como ser:

1.              Considerando que el nuestro es un país capitalista dependiente, se hace necesario un inclaudicable perfil antiimperialista y anticapitalista, considerando este proceso de lucha en un desarrollo ininterrumpido, cuyo objetivo es el socialismo, tal como ya lo he anticipado.  Es decir, aparece así correctamente el partido como un instrumento para un objetivo preciso y transformador de fondo y no como un fin en sí mismo.  Se dejan también atrás las desviaciones reformistas del “etapismo” fundamentado erróneamente en el supuesto papel antiimperialista de una burguesía nacional que por el contrario se fue transformando prácticamente desde un comienzo en cómplice y socia de la penetración de las multinacionales.

2.              El reconocimiento de que el mencionado objetivo socialista sólo puede ser alcanzado si la clase obrera en alianza con los demás sectores oprimidos y explotados, toman por la vía revolucionaria el poder político.  Esta concepción se basa en la conocida tesis de Lenin de que el poder es el problema fundamental de la Revolución.

En consecuencia, estamos ante una cuestión esencial a resolver: no se puede reemplazar al poder burgués, al que hay que demoler lo más rápido posible, sin crear con anterioridad un nuevo poder proletario y popular.  En una palabra, sólo puede triunfar y liberarse una clase dominada, si previamente es capaz de crear su propio poder.

Sobre la base de esta conclusión principal, solo podrá considerarse revolucionaria una organización que impulse como su actividad política central la construcción de dicho poder (“vocación de poder”)

En la cada vez mayor complejidad de la sociedad contemporánea, afectada fuertemente en todos los sectores sociales por un formidable salto en la internacionalización del Capital Financiero, vinieron apareciendo en distintos países cada vez más destacamentos que se consideran revolucionarios, que incluso adhieren al marxismo y que realizan un serio aporte a la lucha general liberadora.

Por tal motivo, nadie con absoluta soberbia puede considerarse la única  izquierda o “el ombligo de la izquierda”, sino como un destacamento más que aspira a impulsar un diálogo amplio y fraternal en la búsqueda de una unidad superior cimentada en los más claros y honestos luchadores de nuestro pueblo.

Ningún grupo o partido puede por sí sólo conformar el necesario y poderoso ejército de la revolución.  Además, esta diversidad de organizaciones político-sociales no perjudica, por el contrario enriquece al movimiento transformador y apunta  a modificar la aún desfavorable relación de fuerzas existente si es que somos capaces de romper con viejos vicios como el hegemonismo y el sectarismo que aún nos siguen atomizando y provocando que el enemigo siga manteniendo la iniciativa.

3.              Tener siempre en claro que somos parte activa de un proceso de transformación social a nivel mundial.  Esto significa mantener constantemente en pie el principio del Internacionalismo Proletario, que incluye concretamente en la actualidad el apoyo y la solidaridad con Cuba y el auspicioso proceso abierto en Venezuela, así como con la lucha de todos los pueblos del mundo, en especial Irak, Afganistán, Palestina y Haití.  En este último caso creo que corresponde levantar la consigna del retiro inmediato de todas las tropas extranjeras de ese país hermano, que actúan en colaboración con la invasión yanqui, y en particular de los militares argentinos enviados por el gobierno de Kirchner.

4.              La teoría revolucionaria que expresa los intereses de la clase obrera es el marxismo-leninismo, desde ya superando toda interpretación dogmática, mecanicista, economicista del mismo, tratando siempre de aplicarlo creadoramente de acuerdo a la realidad de cada país.

Se concibe así la teoría como guía para la acción, incorporando al mismo tiempo todos los aportes de los distintos procesos revolucionarios y de los grandes pensadores como Gramsci, Trostky. Rosa Luxemburgo, Mariátegui, Fidel, el Che, etc.

Creo que hay que partir justamente del concepto de Mariátegui, cuando con toda lucidez nos decía “El marxismo es el único modo de proseguir y superar a Marx”.

Para terminar, no puedo dejar de recordar en esta particular circunstancia que nos toca vivir,  que en el año 1918 el grupo “Espartaco”, liderado por Rosa Luxemburgo, se separó definitivamente del reformismo del Partido Socialista Alemán y pasaron a fundar el PC de ese país.

Rosa señaló entonces en su discurso final: “Ahora, camaradas, nosotros vivimos el momento en que podemos decir: estamos de nuevo con Marx, bajo su bandera”.  Ojalá en algún momento de nuestra lucha podamos proclamar con todo entusiasmo  esta verdad ante nuestro pueblo.

Horacio