A propósito de la convocatoria a la marcha del 12 de diciembre

 

LA CONSTITUYENTE SOCIAL, LA VIEJA Y CLAUDICANTE HISTORIA DEL PROGRESISMO ARGENTINO, Y EL PAPEL DE LA IZQUIERDA

La Constituyente Social es la nueva cara del viejo proyecto de DeGenaro y sus huestes de consolidar una herramienta política basada en las concepciones que rigen la CTA. Más allá de que esta última aparece ante la sociedad como una central de trabajadores, su composición va más allá de ello: y es que también la integran pequeños y medianos propietarios, comerciantes e industriales (PyMes, Federación Agraria), lo que algunos llamamos pequeña burguesía, dándole una característica pluriclasista a la Central. Esa concepción fue la que llevó a la burocracia que la dirige a asumir políticas no independientes de clase, sino que puso a la Central como furgón de cola de diversos proyectos de sectores de la burguesía – según ellos- “menos salvaje” o más “humanizada”: así apoyaron y conformaron al Frente Grande, el Frepaso, el Frenapo… la Alianza, y coquetearon con Carrió y con Kirchner, e incluso últimamente algunos sectores con la patronal agraria. Hoy la CTA está dirigida por Hugo Yasky, un genuflexo al kirchnerismo que hace aparecer de “izquierda” a De Genaro, pero los dos conviven y son responsables de decisiones vergonzantes de la dirección de la CTA: en las jornadas del 2001 brilló por su ausencia mientras trabajadores eran masacrados en las calles; después del asesinato de Kosteki y Santillán, mientras Délía repetía el discurso de Duhalde, nuevamente la inacción fue la opción de estos personajes; o con el asesinato del Carlos Fuentealba, donde se lanzó el Paro Nacional sólo después de la confirmación de la muerte del compañero, como si las condiciones miserables de los docentes y la represión misma no fueran razones suficientes. La postura de la Central durante uno de los periodos más críticos de la historia argentina fue realmente lamentable.
A pesar de ello, es capaz de presentar escenarios que condicionan al resto de las organizaciones del campo popular e incluso revolucionario. La convocatoria a una marcha “Contra el Hambre” y por la “Redistribución de la Riqueza” para el próximo 12 de diciembre es una clara prueba de ello.
Haciendo base en lo antedicho, es que debemos considerar, más allá del mayor o menor acuerdo con las consignas, quién es el que las declama y quién es el que convoca. Si Bush hace una proclama por la Paz Mundial ¿quién puede creerle? Siguiendo la misma lógica: ¿cómo siquiera considerar las propuestas de aquellos que han agachado, ninguneado o entregado las luchas de los compañeros trabajadores de base? ¿cómo asistir a las convocatorias de aquellos que no defendieron los derechos de los trabajadores como corresponde en los momentos más críticos de la historia del país? Más aún teniendo en cuenta el acuerdo al que se llegó en Jujuy, de no "pegarle" al gobierno, un gobierno que no duda en reprimir la protesta social, y que incluso aprobó la Ley Antiterrorista a pedido del Imperio en crisis.
Algunos sectores de la izquierda que consideran concurrir a la convocatoria del 12/12 dicen que lo hacen en forma crítica a la burocracia ctetista; que van con sus propias consignas y sus propias banderas. Estos compañeros –seguramente con total buena fe- cometen un error fundamental, que es el que viene cometiendo la izquierda históricamente en nuestro país: olvidar la visión de la clase trabajadora y las mayorías populares, haciendo prevalecer la suya propia de la realidad. Porque… ¿quién sabe que esos valiosos luchadores revolucionarios van “a disputar” con los posibilistas y oportunistas el espacio de la protesta y la construcción de la herramienta necesaria para el pueblo? ¿a qué sector de las masas le llegó ese planteo? Millones de trabajadores nada saben de ello. Entonces… ¿cómo impedir que el rédito político se lo lleven quienes convocan, es decir, a quienes dicen cuestionar? Los diarios del día después sólo hablarán del poder de convocatoria de la CTA y la Constituyente Social, y millones de trabajadores verán consolidada la legitimidad de impresentables como Yasky y De Genaro.
Otro argumento que esgrimen los compañeros que defienden la decisión de concurrir a la convocatoria de la CS es que quien convoca “es una central de trabajadores”. Craso error: la del 12 de diciembre no es una convocatoria a una huelga o a un paro activo, no es un acto gremial, sino uno eminentemente político, de un armado político de quienes dirigen burocráticamente la Central.
Finalmente, da la impresión que se quiere –desde los sectores de izquierda- disputar las bases honestas que mueve la dirección ctetista en un escenario montado por ésta, porque aquellos no pueden hacerlo. Es la política de la impotencia. No se disputa la conciencia de los trabajadores en una marcha, sino en todo un desarrollo de la batalla de ideas a lo largo del tiempo, lo que implica militancia y construcción de vínculos y atributos para inclinar la balanza hacia posturas más radicalizadas de la clase. Incluso dentro de la CTA.
El 12 de diciembre no está en juego la Revolución, nada más lejos de ello. La izquierda deberá replantearse sus métodos para enamorar a las clases que dice querer liberar. No es haciéndole el juego a los que siempre la han puesto como furgón de cola de la burguesía como podrá llevar a cabo sus objetivos.
El desafío es desarrollar la herramienta que pueda generar sus propias convocatorias masivas, sin los condicionamientos de las burocracias genuflexas.
Ésa es la tarea.


Gustavo Robles

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